miércoles, 9 de marzo de 2016

"Yo como usuario"



  • Experiencia 1:

 Cuando tenía 8 años mi madre fue diagnosticada de cáncer de útero. Posteriormente, a mis 17 años se le diagnosticó una metástasis de pulmón. Por suerte,  mi madre ha superado con éxito esta enfermedad, pero ahora me planteo como me afectó a mí.

La primera vez era una niña, por lo que no aprecié la gravedad de la enfermedad y no entendía el porqué los adultos mostraban tanta preocupación. Sabía que mi madre estaba enferma, pero tenía a mi padre y abuelos siempre pendientes de mi hermano y de mí. Admiro la fuerza de mi madre, que pese a su malestar evidente, siempre tenía una sonrisa para mi e incluso los efectos secundarios de la enfermedad, como lo es la caída de pelo, nos los hacía ver como algo gracioso.

La segunda vez fue algo diferente, yo tenía 17 años y desde el primer momento era consciente de lo que estaba pasando todavía recuerdo cuando llego mi madre y me lo dijo, no la podía creer, era algo totalmente impensable para mí. Mi reacción fue echarme a llorar, pienso que fue algo egoísta, ella era la que lo sufría y  me estaba consolando, pero no lo pude evitar. No podía evitar pensar  ¿Y si no lo supera?, ya lo superó una vez puede que esta sea la definitiva, pensamientos muy negativos que me guarde y asimile.

Recapacitando desde la perspectiva que te da el tiempo, veo que soy una persona que no le gusta dejarse ayudar, que piensa que es mejor reservarse sus problemas,  pienso que no son demasiado importantes y que hay cosas mucho peores. Tal vez, sea ese el motivo por el que en aquel momento, en el que necesitaba pedir ayuda para desahogarme, no lo hice. Fue un gran esfuerzo contar que mi madre volvía a estar enferma, de hecho no se lo conté a todos mis amigos, lo mantuve en secreto. Sin embargo, a las personas que les confíe como estaba mostraron gran preocupación y apoyo. Para finalizar recuerdo un hecho que me llamo la atención, una vieja conocida me preguntó: ¿qué tal esta tu madre?; yo le respondí: que iba bien, poco a poco;  y su siguiente pregunta fue la que me marcó, ¿Y tú, qué tal estas? Esta pregunta me hizo darme cuenta que el hecho de que mi madre estuviera enferma, no solo le afectaba a ella, sino que también me afectaba a mí.


  • Experiencia 2: 

Cuando tenia 14/15 años fui a una psicóloga. Llevaba una temporada muy triste y no sabía cual podía ser el  motivo.Lloraba casi todos los días sin razón y apenas tenía vitalidad.
Primero hable con mi madre, esperando que ella pudiera darme un respuesta, pero las madres no siempre tienen la solución a todo.
Mis padres están divorciados, y tienen muy buena relación. Sin embargo, a veces pienso que se sienten culpables y pueden llegar a pensar que mi situación fue por ellos. Pero no fue así.
Yo estaba pasando una mala  época y decidí acudir a un profesional en busca de ayuda. Sin embargo, mi experiencia no fue muy positiva.
Quizá porque yo tenía otras expectativas, o quizá porque la profesional con la que traté no era demasiado simpática. Me sentí mal, como una pieza más, no como la persona que va a pedir ayuda. Me sentí como alguien que pasa por allí y con sus problemas espera que alguien se los solucione.
Creo que por este motivo nunca me abrí y fui sincera con ella, porque nunca llegué a estar agusto y me sentía incómoda en su consulta.
Ahora que estudio Trabajo Social, y mi objetivo profesional principal será atender las necesidades de unas personas con el fin de darles solución, sé cómo debo actuar.
Deberé mostrarme siempre atenta y comprensiva, cercana y empática. Considero que lo fundamental en este trabajo es hacer que las personas sientan que te importan, y que estás dispuesto a ayudarles porque sí, porque de verdad te importa lo que pueda pasarles.



  •   Experiencia 3:

Cuando tenía 16 años, me empezó a doler la cabeza casi a diario, me tomaba ibuprofenos y no me hacían nada. Debido a esto, no podía asistir a clase muchos días porque me mareaba, me entraban ganas de vomitar y solo me aliviaba estar en mi habitación con la luz apagada.
Tuve que ir varias veces al médico, con la esperanza de que me diesen algunas pastillas, que me aliviasen el dolor.
Después de un tiempo tomándome diferentes pastillas para el dolor de cabeza, me mandaron al neurólogo donde me hicieron diferentes pruebas como encefalogramas, análisis del sueño, reflejos etc.
Finalmente, me dijeron que tenía migrañas, solían aparecerme en aquellos momentos de mi vida, cuando estaba más nerviosa o tenía más estrés. Para poder tratarme, me dieron un calendario donde debía apuntar los días que me dolía la cabeza y a qué horas con el fin de llevar un seguimiento. Aparte de esto, me recetaron dos tipos de pastillas,que me debía de tomar en el momento que me empezaba el dolor.
Gracias al neurólogo se solucionaron mis problemas de cabeza y a día de hoy, son pocas veces ya las que paso una semana con migrañas.


  • Conclusión:

  Gracias a esta práctica hemos podido recapacitar sobre que no pasa nada porque tengamos que pedir ayuda, ya que todos alguna vez necesitamos desahogarnos con un amigo, ayuda profesional para tratar algún problema etc.
Con las experiencias de las demás hemos apreciado, que hay gente que tiene problemas muy duros y ha tenido la fortaleza de superarlos. Aprendiendo de ellos y sabiendo que pedir ayuda no es nada malo, sino que es algo necesario.


1 comentario:

  1. Hola,
    gracias por compartir vuestras experiencias de ayuda. Han sido muy bien plantadas y reconozco vuestro valor al compartirlas.
    Cuidad las tildes:
    "recuerdo cuando llego (llegó) mi madre".
    "pensamientos muy negativos que me guarde (é) y asimile (é)."
    "estas(á)"; "hable(é)";
    Me gusta tambien la conclusión.
    Saludos,
    JD

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